domingo, 2 de abril de 2017

Mis 30 sombras. Epílogo

Quiero dedicar este último capítulo del blog a todas las mujeres que, de una u otra manera, alguna vez se han sentido reflejadas en las historias que cuenta. Confieso que me ha sorprendido la reacción de mucha gente que las ha leído, y que en voz baja o en privado me dicen "te sigo", o que impacientemente esperaban la siguiente.
El blog es un reto que he cumplido a medias. No he conseguido crear una historia al día. Algunas de ellas me han tenido delante del ordenador horas enteras; me han quitado tiempo de sueño, de trabajo y de ocio. Pero es mucho más lo que me han dado. Rebuscar en el baúl de mis propios sentimientos, en mi pasado, en lo que quiero ser y hacer con mi vida de aquí en adelante. Obligarme a salir de mi mismo, buscar, mostrarme tal y como soy, sin miedos, sin tapujos, auto-censuras... Yo también soy ese hombre que mira a los ojos, siente con verdadera pasión, se arriesga, hace locuras, sufre y ama.
La trama que sirve de hilo conductor al blog debería haber terminado en el concierto de Sabina del pasado 11 de junio, pero, como es sabido, el concierto se suspendió y Joaquín nos plantó a todos.

Hay algunas cosas inventadas en este blog, y también un porcentaje importante de vivencias reales, lugares, citas, encuentros casuales. La panadera no es una mujer concreta, son varias mujeres que se han cruzado en mi vida en ocasiones puntuales y que yo he plasmado en ese personaje dulce y tierno. Me podría haber enamorado de cualquiera de ellas.
Andrea (nombre ficticio) es una mujer de carne y hueso junto con la que he vivido momentos maravillosos de esta catarsis personal. Aún no hemos tenido una cita formal. Las cosas que no he sido capaz de decirle a la cara, las ha leído en el blog. Escribir para ella ha sido un gran aliciente ¿Estoy enamorado? Es difícil saberlo cuando el corazón se acostumbra  a latir en soledad.
- Andrea, ¿aceptarías una cita formal conmigo?
Los cinco relatos de las Amador se han colado en el blog de soslayo. Ha sido fantástico poder crear historias de la nada más absoluta. Gracias Maria, Stella, Arminda y Vidina por prestaros y alimentar este juego.


jueves, 6 de agosto de 2015

Dos lunas y dos mujeres (Final)


Luna llena en la Playa de San Agustín
Nos quedamos parados, uno frente al otro, la luz de la luna se proyecta en nuestros rostros; ni siquiera el batir de las olas es capaz de romper la magia de este momento. Poco a poco la distancia se acorta, hasta que nuestras bocas se juntan y amagan un beso. Ana me rodea el cuello con sus brazos; la miro, y veo la plenitud de la luna en cada uno de sus ojos. Me aprisiona con sus piernas y siento cómo su cuerpo desnudo palpita en contacto con el mío.
- Bésame. Me susurra al oído.
Sus labios se abren y me invitan a entrar en la profundidad de su boca. Saboreo cada gota de mar que resbala por su cara, me ahogo en deseo y su cuerpo me pide más. Nos unimos en un abrazo...
Noto unas manos, otro cuerpo, y otros labios que me acarician la espalda.
- Hola. La voz de Andrea me despierta de este sueño.
Me vuelvo y apenas alcanzo a decir su nombre. Me cierra los labios con un dedo, indicándome que no hay nada que decir, nada que explicar, solo disfrutar.
Ana no parece sorprendida, me siento en medio de una obra ensayada, en el que el único que improvisa soy yo. Lo tenían preparado.
Andrea  se une al juego, me aprieta contra su pecho desnudo, besándome con pasión desmedida. Las manos de Ana juegan bajo el agua, desatando una tempestad de deseos.
Por un momento me olvido de que estoy desnudo en una playa, que he dejado todas mis cosas en la orilla, que posiblemente haya gente contemplando la escena, y me centro en las dos mujeres que pugnan por saciar mi placer.
Nos fundimos con el mar desafiando a la celosa marea empeñada en separar nuestros cuerpos.
La Luna Azul, dos lunas llenas en el mismo mes, un fenómeno singular que solo sucede una vez cada varios años. Andrea y Ana, dos mujeres que, por extraño que parezca, inspiran al mismo hombre. 

Dos lunas y dos mujeres (primera parte)


Estudio de mujeres enamoradas. Enrique Álvarez Aldana

Robin Sharma, autor del conocido betseller "El monje que vendió su Ferrari", decía en uno de sus libros, que el miedo paraliza nuestras vidas y nos hace permanecer en la zona de confort. El mayor riesgo en la vida es no arriesgarse. Cuando hacemos algo que tememos, recuperamos la fuerza que nos ha arrebatado el miedo, y cuantos más temores afrontamos, más fuertes somos. Cada vez que asumimos el malestar que generan el crecimiento y la evolución, nos volvemos más libres, valientes, poderosos, y logramos vivir la vida de nuestros sueños.


Aquél sábado me puse los vaqueros ajustados, una camisa blanca de corte italiano y mis nuevas converse rojas. El suéter azul marino amarrado por las mangas a mi cintura y el pelo revuelto y engominado me dan un toque juvenil e informal. Antes de salir, un último vistazo en el espejo me recuerda que tengo 48 años, pero no me importa. Me quedo fijo observando la imagen de cuerpo entero reflejada mientras suena de fondo Shout to the top
¡Estoy listo!
Con puntualidad británica llego a recoger a mi cita. Le mando un whatsapp y espero en el Mini escuchando y tarareando Chandelier. Unos golpecitos en la ventanilla me devuelven a la realidad. Andrea me mira con la sonrisa amable e interrogativa que guarda para ocasiones como esta.
- Tu inglés progresa adecuadamente. Dice graciosa mientras bajo la ventanilla.
Me ruborizo como un niño chico al que han pillado infraganti haciendo alguna fechoría. Desconecto la música y la miro boquiabierto, lleva un top corto estampado con volantes y los hombros descubiertos. Me dan ganas de salir huyendo, pero me sujeto al asiento y atino a darle dos besos de rigor.
- ¿No vas a decirme nada?
- You are precious. Mi inglés es malísimo. Se ríe y vuelve a poner la música. 
- ¡Love Me Like You Do! Se entusiasma al escuchar los primeros compases de la banda sonora de 50 sombras de Grey.
Me mira fijamente y canta traduciendo la letra:
Tú eres el miedo, no me importa,
porque nunca me he sentido tan bien.
Sígueme hacia la oscuridad,
déjame llevarte, salir de las luces,
verás el mundo al que diste vida, diste vida.

En el trayecto hasta la Playa de San Agustín no dejamos de compartir miradas cómplices. Cuando días atrás me propuso ir al festival de soul nunca imaginé que sus intenciones fueran otras.
La marea estaba baja, Andrea me coge de la mano y tira de mi en dirección a la playa. Me sorprende, nunca la había visto tan decidida. Nos sentamos en la arena y contemplamos los últimos rayos de sol de este 31 de julio.
Anochece y en el escenario Dana Williams y Leighton Meester cantan a duo Dreams. Bailamos, manteniendo una corta distancia pero sin llegar a tocarnos. De repente, como por arte de magia, una luna inmensa emerge de las aguas y su reflejo parece como una alfombra que invita a adentrarse en el mar. Los móviles, que hasta ahora fijaban sus cámaras en el escenario del evento, ahora se mueven en dirección al mágico suceso. Todo el mundo quiere una instantánea de La Luna Azul.
- ¿Te apetece una cerveza? Le pregunto.
- Sí, estupendo, te espero en la playa, voy a hacer una foto. Dice señalando un punto concreto.
Logro llegar a uno de los chiringuitos abriéndome paso entre la multitud que se agolpa esperando su turno.
Regreso con las cervezas al lugar convenido, pero no la veo, ha desaparecido. Miro por todas partes hasta que me topo con su vestido cuidadosamente doblado sobre la arena. Levanto la vista y en la oscuridad de la noche alcanzo a ver un cuerpo nadando mar adentro. Con la mano me indica que la acompañe.
La playa está llena de gente. Nunca había hecho algo así. Las dudas y los miedos me asaltan. Sin pensarlo dos veces, me desnudo, dejo mi ropa y mis gafas junto a la suya ¡Tenía que haberme puesto las lentillas hoy!
Nado a tientas hacia ella. Me acerco y empiezo a enfocar una sonrisa..., ¡pero no es la de Andrea! ¡Es Ana, mi panadera!


domingo, 17 de mayo de 2015

La conquistadora


Estoy en la Plazoleta de San  Antonio Abad, el primer emplazamiento castellano en el Atlántico, así como el lugar donde la Corona de Castilla inició la Conquista de Canarias.
No he elegido este sitio al azar, voy a someter a mi hombre  justo en el lugar donde en 1478 las tropas del conquistador Juan Rejón erigieron el Real de las Tres Palmas.
Acomodada sobre el capó azul de su Mini Cooper lo veo aparecer por la calle Colón. Se para un instante a contemplar la escena al llegar a la confluencia de las calles Armas y Pedro de Algaba. Las luces iluminan Vegueta como en una de las acuarelas de Comas Quesada. Parece descansado, relajado; camina seguro con una botella de Libalis en su mano derecha y dos copas en la izquierda.
- Señorita Amador, le sienta muy bien mi coche. Le respondo con una sonrisa complaciente.
Con habilidad desenrosca el tapón y llena las dos copas. Me ofrece una.
- ¡He ganado la apuesta! -Me dice mientras se pone a mi lado.
- Aún no, te queda complacer a una más.
Me lanza una mirada lasciva y me derrito por dentro. No voy a poder dominar la situación, este hombre opone más resistencia que Doramas en la Batalla de Arucas.
Apuro la copa y la dejo con cuidado sobre el coche, tomo la suya y hago lo mismo. Tiro de él hasta la cercana calle Montesdeoca, y hago que se siente en el banco de piedra que hay junto a la capilla. Me instalo cómodamente sobre sus piernas y paso los brazos alrededor de su cuello.
Siento unas manos firmes que juguetean bajo mi falda y no puedo evitar lanzarme contra su boca, ávida de placer. Nos besamos y nos tocamos apasionadamente como dos enamorados en su primera vez.
Me coge en sus brazos y me introduce con delicadeza en el asiento de atrás de su coche.
- ¿Has hecho el amor alguna vez en un Mini? 
Niego con la cabeza.
- Esto va a ser muy instructivo...
Por suerte las lunas del coche son lo suficientemente tupidas como para que ningún curioso pueda ver lo que sucede dentro. Salvo que se trate de mis hermanas y mi prima.
Cuando dan las doce de la noche en el reloj de la catedral, tres linternas nos apuntan desde el exterior ¡Tarde, el espectáculo ya ha terminado!




lunes, 11 de mayo de 2015

Andrea y mi panadera



Foto Eduardo Monzón

Diez días sin saber nada de ella es demasiado tiempo. No atino a marcar su teléfono; observo una y otra vez su nombre en la agenda de contactos (ANDREA ARTILES), esperando que la decisión venga sola. Cuando por fin reúno el valor suficiente para hacerlo, ella no contesta. Tampoco tienen respuesta mis desesperados whatsapp, edulcorados con emoticonos tristes, amorosos y besucones. La echo mucho de menos. En Spotify solo suenan canciones de tarde de domingo, love pop, cita romántica, desamor...

No quiero estar sin ti 
Si tu no estas aquí me sobra el aire
No quiero estar así 
Si tu no estas la gente se hace nadie.
Si tu no estas aquí no se 
Que diablos hago amándote
Si tu no estas aquí sabrás
Que Dios no va a entender por que te vas...

La cafetería Gorié en Arucas parecía el lugar ideal para nuestra primera cita. Es un local muy coqueto, con toques vintage, donde sirven cafés, tés, infusiones y chocolates, que puedes acompañar con tartas, bizcochos o crepes. Tiene unas bonitas vistas al parque municipal que lleva el nombre del político impulsor de la construcción del templo de San Juan Bautista, don Francisco Gourié Marrero, también conocido como parque de las flores. 
- No es una cita. - Me dice muy seria.
- ¿Y entonces qué es?
- No es una cita, y punto. - La miro sorprendido.
Nos pedimos unos chocolates, ella de naranja con Cointreau, y yo de jengibre. Se lo toma con una cuchara pequeña, haciéndola girar justo en el  momento de introducirla en su boca. Al parecer, de esta manera lo primero que gusta su lengua es el chocolate y no el frío metal del cubierto. Con tanta maniobra, no advierte que se ha manchado el labio inferior con un poco de chocolate. Me parece tan divertido el pequeño churrete, que decido mantenerlo en secreto.
Dan las siete en el reloj de la torre suroeste de la Iglesia. Antiguamente, ese reloj media las horas de agua para el riego, ahora su programado sonido acompasa los latidos de los corazones amantes.
- Quiero conocerla.
- ¿A quién? - Respondo como si no supiera de quién está hablando.
- A tu panadera. 
-Me quedo pasmado.
Salimos de la cafetería hasta la plaza de la Constitución y enfilamos la calle León y Castillo hasta llegar a la esquina con Gourié. Entramos en la panadería con la excusa de comprar el pan. Mi panadera la mira con recelo, y Andrea hace lo propio ¡Quiero morirme allí mismo! Tarde o temprano tenían que conocerse, era irremediable.
- Ana, te presento a Andrea. 
- Andrea, esta es Ana, mi panadera.
Se miran fijamente, escrutándose la una a la otra, observando sus reacciones, sus gestos, fijándose en los pequeños detalles. Se miden. Andrea aún tiene chocolate en su boca, y Ana harina en su cara.
- Es muy guapa. -Me dice cuando salimos. 
Un "sí" lacónico resuena al llegar a la calle Reloj, justo cuando dan las y media.


miércoles, 6 de mayo de 2015

El último farero


La segunda Amador me abandó como la primera, voy a terminar pensando que están más interesadas en ganar su apuesta que en mi. María me ha embriagado, hace apenas una hora que se ha ido y aún mi boca guarda memoria de sus besos, el sabor dulce de su cuerpo, el tacto suave de su piel.
Me queda apenas una hora para mi tercera cita, tengo que llegar a Maspalomas a las seis.
No me sorprende encontrar a mi amigo Juan esperándome en su camioneta aparcada junto a la carretera. Con un gesto me indica que tome asiento.
- ¡A Maspalonas, Cristiano!
- ¡Al Faro!
Me sonríe mientras pone en marcha el motor de su Toyota. Parece como si se oliera lo acontecido hace una hora a la sombra del Nublo.
Por el camino me cuenta la historia de amor de su abuelo, uno de los tres fareros que encendieron por primera vez ese gran lazareto del sur de la isla. Chano, que así se llamaba, se enamoró perdidamente de Dolores, la hija del ingeniero que proyectó el faro. La familia León y Castillo, muy bien posicionada socialmente, hizo todo lo posible por impedir aquél amor. En el año 1890 Maspalomas era una zona aislada e incomunicada, el puesto de torrero fue la solución definitiva para separar a los jóvenes.
Llegamos a mi destino, el faro de 60 metros se alza imponente mirando al mar.
- ¡No se olvide del hielo!, - me recuerda señalando una heladería cercana.
Entro en el patio del edificio y busco la puerta de acceso a la torre, aún me quedan los 270 escalones que suben a la linterna. Las Amador no me lo ponen nada fácil. 
Cuando llego, me encuentro a una mujer de espaldas contemplando el paisaje. Hace mucho calor y la cúpula de cristal acentúa la sensación de bochorno.
- Señorita, soy el torrero de este faro, esta zona está cerrada a los visitantes, espero que tenga una buena razón para estar aquí.
- ¿Le parecen estas dos razones suficientes?- dice mientras se da la vuelta dejando caer su vestido ¡Está completamente desnuda!
La visión no me deja indiferente y lucho por contener lo inevitable.
- Necesito que refrigeres mis luminarias.
Tomo dos hielos y hago lo que me pide. Enseguida el frío apaga el calor y enciende el deseo.
- ¡Sigue por favor! - me susurra al oído.
Continúo refrescando otras partes de su anatomía. Se muerde los labios en un intento infructuoso por reprimir el placer.
No puede más, me besa con pasión desmedida, buscando calmar su querencia.
- ¡Quiero que me hagas tuya! - me suplica.
Y como buen farero, la guié, alternando destellos lentos y largos, hasta el puerto del amor.

domingo, 3 de mayo de 2015

Velero 1906



Llegamos a la hora convenida. Velero 1906 es un restaurante chill out de aire cosmopolita y estilo moderno. Situado en el Muelle Deportivo de Las Palmas de Gran Canaria, ofrece una bella panorámica de la Playa de las Alcaravaneras.

Julián Rincón, jefe de sala, esboza una leve sonrisa cuando ambos al unísono nos dirigimos a él para decirle que tenemos una mesa reservada.

- Señorita Artiles y señor Brey, supongo.

- Sí.- Nos miramos y caemos en la cuenta, ¡habíamos reservado los dos!

Tomamos asiento en una zona con vistas a la bahía. La arboladura de los barcos amarrados en su pantalán perfila el azul del cielo como una acuarela recién pintada.

Nos observamos en silencio. El añil de sus ojos compite con la luz de este mediodía primaveral. Lleva un top de cuello desbocado y una falda de corte evasée, que no ha dejado indiferente a ninguno de los comensales. Por suerte no soy celoso, pero admito que me agrada la envidia que provoco en el público masculino.

El camarero nos sirve una botella de vino blanco malvasía semi seco de 2012, el Bermejo es un vino de aromas sensuales, paladar fresco, suave y jugoso. De primer plato, compartimos una exquisita ensalada de cogollos, y luego saboreamos un arroz caldoso espectacular.

- ¡Me has mirado las tetas!, me inquiere.

- No.- Miento, y lo sabe. Admito que no he podido evitar reparar un instante en los vórtices desnudos que marcan su blusa transparente. Tendré que andarme con más cuidado, Andrea está especialmente amorosa, y aunque sabe que me tiene embobado, hoy tengo que asegurar el epílogo que tanto deseo.

Mentalmente me animo a concentrar mi atención por encima de sus hombros ¡Fracaso! ¿Por qué no se ha puesto sujetador? ¿Y si tampoco lleva...? ¡No! No es capaz ¡Sí! Sí lo es.

Observo con atención científica cada movimiento de sus piernas. Se da cuenta de mis intenciones.

- Voy al baño, me dice traviesa.

Se levanta de la mesa y pongo en funcionamiento el escáner tridimensional que los hombres adquirimos en la adolescencia. Si lleva son diminutas. Mi libido se dispara a niveles del siglo pasado.

Un sorbete de mojito cubano completó una tarde en la que no paramos de hablar.

- Bien, y ¿qué es eso tan importante que tienes que decirme?- Le interrogo.

Le cambia el semblante y sé que tengo que preocuparme. Toma aire, su mirada se pierde en la bahía. Pensativa, me dice:

- Había otro hombre en mi vida.

Sus ojos azules se humedecen, y el sol que los alumbraba se oculta tras una densa nube.

Nunca la había visto así.

Vuelvo su cabeza hacia mi con toda la dulzura que soy capaz.

- Por favor, mírame.

Me mira culpable esperando mi veredicto ante una confesión esperada. Hace tiempo que sé que yo no era el único. Presentía que existía otro ¿Un amante tal vez?

- No me afecta el ayer, no me interesa tu pasado, no te amo por lo que fuiste. Me importa el hoy, quiero vivir el presente contigo y amarte por lo que significas en mi vida ahora.

Permanecemos callados un momento, reparando el uno en el otro.

- Te amo señor Brey.

- Y yo a usted, señorita Artiles.