| Luna llena en la Playa de San Agustín |
Nos quedamos parados, uno frente al otro, la luz de la luna se proyecta en nuestros rostros; ni siquiera el batir de las olas es capaz de romper la magia de este momento. Poco a poco la distancia se acorta, hasta que nuestras bocas se juntan y amagan un beso. Ana me rodea el cuello con sus brazos; la miro, y veo la plenitud de la luna en cada uno de sus ojos. Me aprisiona con sus piernas y siento cómo su cuerpo desnudo palpita en contacto con el mío.
- Bésame. Me susurra al oído.
Sus labios se abren y me invitan a entrar en la profundidad de su boca. Saboreo cada gota de mar que resbala por su cara, me ahogo en deseo y su cuerpo me pide más. Nos unimos en un abrazo...
Noto unas manos, otro cuerpo, y otros labios que me acarician la espalda.
- Hola. La voz de Andrea me despierta de este sueño.
Me vuelvo y apenas alcanzo a decir su nombre. Me cierra los labios con un dedo, indicándome que no hay nada que decir, nada que explicar, solo disfrutar.
Ana no parece sorprendida, me siento en medio de una obra ensayada, en el que el único que improvisa soy yo. Lo tenían preparado.
Andrea se une al juego, me aprieta contra su pecho desnudo, besándome con pasión desmedida. Las manos de Ana juegan bajo el agua, desatando una tempestad de deseos.
Por un momento me olvido de que estoy desnudo en una playa, que he dejado todas mis cosas en la orilla, que posiblemente haya gente contemplando la escena, y me centro en las dos mujeres que pugnan por saciar mi placer.
Nos fundimos con el mar desafiando a la celosa marea empeñada en separar nuestros cuerpos.
La Luna Azul, dos lunas llenas en el mismo mes, un fenómeno singular que solo sucede una vez cada varios años. Andrea y Ana, dos mujeres que, por extraño que parezca, inspiran al mismo hombre.