Mostrando entradas con la etiqueta playa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta playa. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de agosto de 2015

Dos lunas y dos mujeres (Final)


Luna llena en la Playa de San Agustín
Nos quedamos parados, uno frente al otro, la luz de la luna se proyecta en nuestros rostros; ni siquiera el batir de las olas es capaz de romper la magia de este momento. Poco a poco la distancia se acorta, hasta que nuestras bocas se juntan y amagan un beso. Ana me rodea el cuello con sus brazos; la miro, y veo la plenitud de la luna en cada uno de sus ojos. Me aprisiona con sus piernas y siento cómo su cuerpo desnudo palpita en contacto con el mío.
- Bésame. Me susurra al oído.
Sus labios se abren y me invitan a entrar en la profundidad de su boca. Saboreo cada gota de mar que resbala por su cara, me ahogo en deseo y su cuerpo me pide más. Nos unimos en un abrazo...
Noto unas manos, otro cuerpo, y otros labios que me acarician la espalda.
- Hola. La voz de Andrea me despierta de este sueño.
Me vuelvo y apenas alcanzo a decir su nombre. Me cierra los labios con un dedo, indicándome que no hay nada que decir, nada que explicar, solo disfrutar.
Ana no parece sorprendida, me siento en medio de una obra ensayada, en el que el único que improvisa soy yo. Lo tenían preparado.
Andrea  se une al juego, me aprieta contra su pecho desnudo, besándome con pasión desmedida. Las manos de Ana juegan bajo el agua, desatando una tempestad de deseos.
Por un momento me olvido de que estoy desnudo en una playa, que he dejado todas mis cosas en la orilla, que posiblemente haya gente contemplando la escena, y me centro en las dos mujeres que pugnan por saciar mi placer.
Nos fundimos con el mar desafiando a la celosa marea empeñada en separar nuestros cuerpos.
La Luna Azul, dos lunas llenas en el mismo mes, un fenómeno singular que solo sucede una vez cada varios años. Andrea y Ana, dos mujeres que, por extraño que parezca, inspiran al mismo hombre. 

Dos lunas y dos mujeres (primera parte)


Estudio de mujeres enamoradas. Enrique Álvarez Aldana

Robin Sharma, autor del conocido betseller "El monje que vendió su Ferrari", decía en uno de sus libros, que el miedo paraliza nuestras vidas y nos hace permanecer en la zona de confort. El mayor riesgo en la vida es no arriesgarse. Cuando hacemos algo que tememos, recuperamos la fuerza que nos ha arrebatado el miedo, y cuantos más temores afrontamos, más fuertes somos. Cada vez que asumimos el malestar que generan el crecimiento y la evolución, nos volvemos más libres, valientes, poderosos, y logramos vivir la vida de nuestros sueños.


Aquél sábado me puse los vaqueros ajustados, una camisa blanca de corte italiano y mis nuevas converse rojas. El suéter azul marino amarrado por las mangas a mi cintura y el pelo revuelto y engominado me dan un toque juvenil e informal. Antes de salir, un último vistazo en el espejo me recuerda que tengo 48 años, pero no me importa. Me quedo fijo observando la imagen de cuerpo entero reflejada mientras suena de fondo Shout to the top
¡Estoy listo!
Con puntualidad británica llego a recoger a mi cita. Le mando un whatsapp y espero en el Mini escuchando y tarareando Chandelier. Unos golpecitos en la ventanilla me devuelven a la realidad. Andrea me mira con la sonrisa amable e interrogativa que guarda para ocasiones como esta.
- Tu inglés progresa adecuadamente. Dice graciosa mientras bajo la ventanilla.
Me ruborizo como un niño chico al que han pillado infraganti haciendo alguna fechoría. Desconecto la música y la miro boquiabierto, lleva un top corto estampado con volantes y los hombros descubiertos. Me dan ganas de salir huyendo, pero me sujeto al asiento y atino a darle dos besos de rigor.
- ¿No vas a decirme nada?
- You are precious. Mi inglés es malísimo. Se ríe y vuelve a poner la música. 
- ¡Love Me Like You Do! Se entusiasma al escuchar los primeros compases de la banda sonora de 50 sombras de Grey.
Me mira fijamente y canta traduciendo la letra:
Tú eres el miedo, no me importa,
porque nunca me he sentido tan bien.
Sígueme hacia la oscuridad,
déjame llevarte, salir de las luces,
verás el mundo al que diste vida, diste vida.

En el trayecto hasta la Playa de San Agustín no dejamos de compartir miradas cómplices. Cuando días atrás me propuso ir al festival de soul nunca imaginé que sus intenciones fueran otras.
La marea estaba baja, Andrea me coge de la mano y tira de mi en dirección a la playa. Me sorprende, nunca la había visto tan decidida. Nos sentamos en la arena y contemplamos los últimos rayos de sol de este 31 de julio.
Anochece y en el escenario Dana Williams y Leighton Meester cantan a duo Dreams. Bailamos, manteniendo una corta distancia pero sin llegar a tocarnos. De repente, como por arte de magia, una luna inmensa emerge de las aguas y su reflejo parece como una alfombra que invita a adentrarse en el mar. Los móviles, que hasta ahora fijaban sus cámaras en el escenario del evento, ahora se mueven en dirección al mágico suceso. Todo el mundo quiere una instantánea de La Luna Azul.
- ¿Te apetece una cerveza? Le pregunto.
- Sí, estupendo, te espero en la playa, voy a hacer una foto. Dice señalando un punto concreto.
Logro llegar a uno de los chiringuitos abriéndome paso entre la multitud que se agolpa esperando su turno.
Regreso con las cervezas al lugar convenido, pero no la veo, ha desaparecido. Miro por todas partes hasta que me topo con su vestido cuidadosamente doblado sobre la arena. Levanto la vista y en la oscuridad de la noche alcanzo a ver un cuerpo nadando mar adentro. Con la mano me indica que la acompañe.
La playa está llena de gente. Nunca había hecho algo así. Las dudas y los miedos me asaltan. Sin pensarlo dos veces, me desnudo, dejo mi ropa y mis gafas junto a la suya ¡Tenía que haberme puesto las lentillas hoy!
Nado a tientas hacia ella. Me acerco y empiezo a enfocar una sonrisa..., ¡pero no es la de Andrea! ¡Es Ana, mi panadera!


miércoles, 6 de mayo de 2015

El último farero


La segunda Amador me abandó como la primera, voy a terminar pensando que están más interesadas en ganar su apuesta que en mi. María me ha embriagado, hace apenas una hora que se ha ido y aún mi boca guarda memoria de sus besos, el sabor dulce de su cuerpo, el tacto suave de su piel.
Me queda apenas una hora para mi tercera cita, tengo que llegar a Maspalomas a las seis.
No me sorprende encontrar a mi amigo Juan esperándome en su camioneta aparcada junto a la carretera. Con un gesto me indica que tome asiento.
- ¡A Maspalonas, Cristiano!
- ¡Al Faro!
Me sonríe mientras pone en marcha el motor de su Toyota. Parece como si se oliera lo acontecido hace una hora a la sombra del Nublo.
Por el camino me cuenta la historia de amor de su abuelo, uno de los tres fareros que encendieron por primera vez ese gran lazareto del sur de la isla. Chano, que así se llamaba, se enamoró perdidamente de Dolores, la hija del ingeniero que proyectó el faro. La familia León y Castillo, muy bien posicionada socialmente, hizo todo lo posible por impedir aquél amor. En el año 1890 Maspalomas era una zona aislada e incomunicada, el puesto de torrero fue la solución definitiva para separar a los jóvenes.
Llegamos a mi destino, el faro de 60 metros se alza imponente mirando al mar.
- ¡No se olvide del hielo!, - me recuerda señalando una heladería cercana.
Entro en el patio del edificio y busco la puerta de acceso a la torre, aún me quedan los 270 escalones que suben a la linterna. Las Amador no me lo ponen nada fácil. 
Cuando llego, me encuentro a una mujer de espaldas contemplando el paisaje. Hace mucho calor y la cúpula de cristal acentúa la sensación de bochorno.
- Señorita, soy el torrero de este faro, esta zona está cerrada a los visitantes, espero que tenga una buena razón para estar aquí.
- ¿Le parecen estas dos razones suficientes?- dice mientras se da la vuelta dejando caer su vestido ¡Está completamente desnuda!
La visión no me deja indiferente y lucho por contener lo inevitable.
- Necesito que refrigeres mis luminarias.
Tomo dos hielos y hago lo que me pide. Enseguida el frío apaga el calor y enciende el deseo.
- ¡Sigue por favor! - me susurra al oído.
Continúo refrescando otras partes de su anatomía. Se muerde los labios en un intento infructuoso por reprimir el placer.
No puede más, me besa con pasión desmedida, buscando calmar su querencia.
- ¡Quiero que me hagas tuya! - me suplica.
Y como buen farero, la guié, alternando destellos lentos y largos, hasta el puerto del amor.