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| Estudio de mujeres enamoradas. Enrique Álvarez Aldana |
Robin Sharma, autor del conocido betseller "El monje que vendió su Ferrari", decía en uno de sus libros, que el miedo paraliza nuestras vidas y nos hace permanecer en la zona de confort. El mayor riesgo en la vida es no arriesgarse. Cuando hacemos algo que tememos, recuperamos la fuerza que nos ha arrebatado el miedo, y cuantos más temores afrontamos, más fuertes somos. Cada vez que asumimos el malestar que generan el crecimiento y la evolución, nos volvemos más libres, valientes, poderosos, y logramos vivir la vida de nuestros sueños.
Aquél sábado me puse los vaqueros ajustados, una camisa blanca de corte italiano y mis nuevas converse rojas. El suéter azul marino amarrado por las mangas a mi cintura y el pelo revuelto y engominado me dan un toque juvenil e informal. Antes de salir, un último vistazo en el espejo me recuerda que tengo 48 años, pero no me importa. Me quedo fijo observando la imagen de cuerpo entero reflejada mientras suena de fondo Shout to the top.
¡Estoy listo!
Con puntualidad británica llego a recoger a mi cita. Le mando un whatsapp y espero en el Mini escuchando y tarareando Chandelier. Unos golpecitos en la ventanilla me devuelven a la realidad. Andrea me mira con la sonrisa amable e interrogativa que guarda para ocasiones como esta.
- Tu inglés progresa adecuadamente. Dice graciosa mientras bajo la ventanilla.
Me ruborizo como un niño chico al que han pillado infraganti haciendo alguna fechoría. Desconecto la música y la miro boquiabierto, lleva un top corto estampado con volantes y los hombros descubiertos. Me dan ganas de salir huyendo, pero me sujeto al asiento y atino a darle dos besos de rigor.
- ¿No vas a decirme nada?- You are precious. Mi inglés es malísimo. Se ríe y vuelve a poner la música.
- ¡Love Me Like You Do! Se entusiasma al escuchar los primeros compases de la banda sonora de 50 sombras de Grey.
Me mira fijamente y canta traduciendo la letra:
- Tú eres el miedo, no me importa,
porque nunca me he sentido tan bien.
Sígueme hacia la oscuridad,
déjame llevarte, salir de las luces,
verás el mundo al que diste vida, diste vida.
En el trayecto hasta la Playa de San Agustín no dejamos de compartir miradas cómplices. Cuando días atrás me propuso ir al festival de soul nunca imaginé que sus intenciones fueran otras.
La marea estaba baja, Andrea me coge de la mano y tira de mi en dirección a la playa. Me sorprende, nunca la había visto tan decidida. Nos sentamos en la arena y contemplamos los últimos rayos de sol de este 31 de julio.
Anochece y en el escenario Dana Williams y Leighton Meester cantan a duo Dreams. Bailamos, manteniendo una corta distancia pero sin llegar a tocarnos. De repente, como por arte de magia, una luna inmensa emerge de las aguas y su reflejo parece como una alfombra que invita a adentrarse en el mar. Los móviles, que hasta ahora fijaban sus cámaras en el escenario del evento, ahora se mueven en dirección al mágico suceso. Todo el mundo quiere una instantánea de La Luna Azul.
- ¿Te apetece una cerveza? Le pregunto.
- Sí, estupendo, te espero en la playa, voy a hacer una foto. Dice señalando un punto concreto.
Logro llegar a uno de los chiringuitos abriéndome paso entre la multitud que se agolpa esperando su turno.
Regreso con las cervezas al lugar convenido, pero no la veo, ha desaparecido. Miro por todas partes hasta que me topo con su vestido cuidadosamente doblado sobre la arena. Levanto la vista y en la oscuridad de la noche alcanzo a ver un cuerpo nadando mar adentro. Con la mano me indica que la acompañe.
La playa está llena de gente. Nunca había hecho algo así. Las dudas y los miedos me asaltan. Sin pensarlo dos veces, me desnudo, dejo mi ropa y mis gafas junto a la suya ¡Tenía que haberme puesto las lentillas hoy!
Nado a tientas hacia ella. Me acerco y empiezo a enfocar una sonrisa..., ¡pero no es la de Andrea! ¡Es Ana, mi panadera!
