miércoles, 6 de mayo de 2015

El último farero


La segunda Amador me abandó como la primera, voy a terminar pensando que están más interesadas en ganar su apuesta que en mi. María me ha embriagado, hace apenas una hora que se ha ido y aún mi boca guarda memoria de sus besos, el sabor dulce de su cuerpo, el tacto suave de su piel.
Me queda apenas una hora para mi tercera cita, tengo que llegar a Maspalomas a las seis.
No me sorprende encontrar a mi amigo Juan esperándome en su camioneta aparcada junto a la carretera. Con un gesto me indica que tome asiento.
- ¡A Maspalonas, Cristiano!
- ¡Al Faro!
Me sonríe mientras pone en marcha el motor de su Toyota. Parece como si se oliera lo acontecido hace una hora a la sombra del Nublo.
Por el camino me cuenta la historia de amor de su abuelo, uno de los tres fareros que encendieron por primera vez ese gran lazareto del sur de la isla. Chano, que así se llamaba, se enamoró perdidamente de Dolores, la hija del ingeniero que proyectó el faro. La familia León y Castillo, muy bien posicionada socialmente, hizo todo lo posible por impedir aquél amor. En el año 1890 Maspalomas era una zona aislada e incomunicada, el puesto de torrero fue la solución definitiva para separar a los jóvenes.
Llegamos a mi destino, el faro de 60 metros se alza imponente mirando al mar.
- ¡No se olvide del hielo!, - me recuerda señalando una heladería cercana.
Entro en el patio del edificio y busco la puerta de acceso a la torre, aún me quedan los 270 escalones que suben a la linterna. Las Amador no me lo ponen nada fácil. 
Cuando llego, me encuentro a una mujer de espaldas contemplando el paisaje. Hace mucho calor y la cúpula de cristal acentúa la sensación de bochorno.
- Señorita, soy el torrero de este faro, esta zona está cerrada a los visitantes, espero que tenga una buena razón para estar aquí.
- ¿Le parecen estas dos razones suficientes?- dice mientras se da la vuelta dejando caer su vestido ¡Está completamente desnuda!
La visión no me deja indiferente y lucho por contener lo inevitable.
- Necesito que refrigeres mis luminarias.
Tomo dos hielos y hago lo que me pide. Enseguida el frío apaga el calor y enciende el deseo.
- ¡Sigue por favor! - me susurra al oído.
Continúo refrescando otras partes de su anatomía. Se muerde los labios en un intento infructuoso por reprimir el placer.
No puede más, me besa con pasión desmedida, buscando calmar su querencia.
- ¡Quiero que me hagas tuya! - me suplica.
Y como buen farero, la guié, alternando destellos lentos y largos, hasta el puerto del amor.

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