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| Foto Eduardo Monzón |
Diez días sin saber nada de ella es demasiado
tiempo. No atino a marcar su teléfono; observo una y otra vez su nombre en la
agenda de contactos (ANDREA ARTILES), esperando que la decisión venga sola.
Cuando por fin reúno el valor suficiente para hacerlo, ella no contesta.
Tampoco tienen respuesta mis desesperados whatsapp, edulcorados con emoticonos
tristes, amorosos y besucones. La echo mucho de menos. En Spotify solo suenan canciones de tarde de
domingo, love pop, cita romántica, desamor...
No quiero
estar sin ti
Si tu no
estas aquí me sobra el aire
No quiero
estar así
Si tu no
estas la gente se hace nadie.
Si tu no
estas aquí no se
Que
diablos hago amándote
Si tu no
estas aquí sabrás
Que Dios
no va a entender por que te vas...
La cafetería Gorié en Arucas parecía el lugar ideal para
nuestra primera cita. Es un local muy coqueto, con toques vintage, donde sirven
cafés, tés, infusiones y chocolates, que puedes acompañar con tartas, bizcochos
o crepes. Tiene unas bonitas vistas al parque
municipal que lleva el nombre
del político impulsor de la construcción del templo de San Juan Bautista, don Francisco
Gourié Marrero, también conocido como parque de las flores.
- No es una cita. - Me dice muy seria.
- ¿Y entonces qué es?
- No es una cita, y punto. - La miro
sorprendido.
Nos pedimos unos chocolates, ella de naranja
con Cointreau, y yo de jengibre. Se lo toma con una cuchara pequeña, haciéndola
girar justo en el momento de introducirla en su boca. Al parecer, de esta
manera lo primero que gusta su lengua es el chocolate y no el frío metal del
cubierto. Con tanta maniobra, no advierte que se ha manchado el labio inferior
con un poco de chocolate. Me parece tan divertido el pequeño churrete, que
decido mantenerlo en secreto.
Dan las siete en el reloj de la torre suroeste
de la Iglesia. Antiguamente, ese reloj media las horas de agua para el riego,
ahora su programado sonido acompasa los latidos de los corazones amantes.
- Quiero conocerla.
- ¿A quién? - Respondo como si no supiera de
quién está hablando.
- A tu panadera.
-Me quedo
pasmado.
Salimos de la cafetería hasta la plaza de la
Constitución y enfilamos la calle León y Castillo hasta llegar a la esquina con
Gourié. Entramos en la panadería con la excusa de comprar el pan. Mi panadera
la mira con recelo, y Andrea hace lo propio ¡Quiero morirme allí mismo! Tarde o
temprano tenían que conocerse, era irremediable.
- Ana, te presento a Andrea.
- Andrea, esta es Ana, mi panadera.
Se miran fijamente, escrutándose la una a la
otra, observando sus reacciones, sus gestos, fijándose en los pequeños
detalles. Se miden. Andrea aún tiene chocolate en su boca, y Ana harina en su
cara.
- Es muy guapa. -Me dice cuando salimos.
Un "sí" lacónico resuena al llegar a
la calle Reloj, justo cuando dan las y media.
