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lunes, 11 de mayo de 2015

Andrea y mi panadera



Foto Eduardo Monzón

Diez días sin saber nada de ella es demasiado tiempo. No atino a marcar su teléfono; observo una y otra vez su nombre en la agenda de contactos (ANDREA ARTILES), esperando que la decisión venga sola. Cuando por fin reúno el valor suficiente para hacerlo, ella no contesta. Tampoco tienen respuesta mis desesperados whatsapp, edulcorados con emoticonos tristes, amorosos y besucones. La echo mucho de menos. En Spotify solo suenan canciones de tarde de domingo, love pop, cita romántica, desamor...

No quiero estar sin ti 
Si tu no estas aquí me sobra el aire
No quiero estar así 
Si tu no estas la gente se hace nadie.
Si tu no estas aquí no se 
Que diablos hago amándote
Si tu no estas aquí sabrás
Que Dios no va a entender por que te vas...

La cafetería Gorié en Arucas parecía el lugar ideal para nuestra primera cita. Es un local muy coqueto, con toques vintage, donde sirven cafés, tés, infusiones y chocolates, que puedes acompañar con tartas, bizcochos o crepes. Tiene unas bonitas vistas al parque municipal que lleva el nombre del político impulsor de la construcción del templo de San Juan Bautista, don Francisco Gourié Marrero, también conocido como parque de las flores. 
- No es una cita. - Me dice muy seria.
- ¿Y entonces qué es?
- No es una cita, y punto. - La miro sorprendido.
Nos pedimos unos chocolates, ella de naranja con Cointreau, y yo de jengibre. Se lo toma con una cuchara pequeña, haciéndola girar justo en el  momento de introducirla en su boca. Al parecer, de esta manera lo primero que gusta su lengua es el chocolate y no el frío metal del cubierto. Con tanta maniobra, no advierte que se ha manchado el labio inferior con un poco de chocolate. Me parece tan divertido el pequeño churrete, que decido mantenerlo en secreto.
Dan las siete en el reloj de la torre suroeste de la Iglesia. Antiguamente, ese reloj media las horas de agua para el riego, ahora su programado sonido acompasa los latidos de los corazones amantes.
- Quiero conocerla.
- ¿A quién? - Respondo como si no supiera de quién está hablando.
- A tu panadera. 
-Me quedo pasmado.
Salimos de la cafetería hasta la plaza de la Constitución y enfilamos la calle León y Castillo hasta llegar a la esquina con Gourié. Entramos en la panadería con la excusa de comprar el pan. Mi panadera la mira con recelo, y Andrea hace lo propio ¡Quiero morirme allí mismo! Tarde o temprano tenían que conocerse, era irremediable.
- Ana, te presento a Andrea. 
- Andrea, esta es Ana, mi panadera.
Se miran fijamente, escrutándose la una a la otra, observando sus reacciones, sus gestos, fijándose en los pequeños detalles. Se miden. Andrea aún tiene chocolate en su boca, y Ana harina en su cara.
- Es muy guapa. -Me dice cuando salimos. 
Un "sí" lacónico resuena al llegar a la calle Reloj, justo cuando dan las y media.