Fataga es un pequeño y hermoso pueblo del interior de la isla, situado entre montañas en el llamado Valle de las Mil Palmeras. Está encaramado en un risco que parece a punto de precipitarse hacia el barranco.
Apenas tengo 50 minutos para llegar, introduzco los datos de localización en el GPS del Mini. Es imposible llegar a las 10:00, el navegador me da un tiempo estimado de una hora y media.
Tengo que intentarlo, quiero conocer a María.
Llego a San Fernando de Maspalomas y cojo la sinuosa GC 60, aún puedo lograrlo a pesar de que me espera una serpenteante y estrecha carretera.
A las 10:15 el navegador me avisa del fin del trayecto. Estoy a las puertas de un hotel rural llamado Molino de Agua. No sé si todavía me estará esperando, su mensaje era tajante: "no tardes".
Me dirijo a lo que parece ser la recepción y pregunto por ella.
- Sí, se hospeda en la suite-, me dice una amable señorita de acento extranjero.
Sigo las indicaciones que me han dado, la puerta está entreabierta y paso sin esperar invitación. El alojamiento es muy sencillo, parece un alpende restaurado con un estilo rústico. Las paredes están encaladas de blanco y una chimenea de piedra preside la estancia. Sobre la cama perfectamente vestida hay una rosa roja y unas toallas. No hay señales de mi anfitriona. Escucho agua correr en el baño. Me acerco curioso, y veo a una sirena sumergida en la bañera colmada de espuma. No tarda en descubrir mi presencia.
- Hola, has tardado.
- Sí, lo siento, me perdí.
- Acércame una toalla, por favor. Tomo una de la cama y se la ofrezco expectante.
- Date la vuelta, me manda-. Pongo cara de decepción.
Obedezco sumiso. Sale de la bañera y disfruto de la escena reflejada en el espejo. Tiene un cuerpo espectacular.
- ¡Eres muy travieso!, -me dice- espero que hayas traído el cepillo de dientes.
Se lo muestro.
Agarra el cepillo, lo humedece bajo el grifo, pone un poco de pasta y se dispone a cepillarme los dientes y la boca con suma delicadeza.
- Ahora enjuágate.
Me someto a sus órdenes.
Se quita la toalla que cubre su cuerpo mojado y me limpia los labios.
Ahora puedo gozar del espectáculo en directo. Su figura parece un lugar, con senderos, cuevas, valles y riscos donde perderse.
- Bésame. Esta mujer no para de dar órdenes, y yo soy un soldado muy obediente.
Nos besamos apasionadamente, sin dejar un solo rincón de nuestras bocas sin explorar. Nuestras lenguas se buscan y se encuentran una y otra vez.
La tomo en brazos reprimiendo el deseo de tenerla allí mismo, y la llevo a la cama.
Cojo la rosa y acaricio con calma su cuerpo. Tiene cosquillas en los pies. Subo por sus extremidades y noto cómo su cuerpo se tensa. Descanso en su ombligo haciendo círculos cada vez más grandes. Sus pechos se endurecen al contacto con los suaves pétalos, y deja escapar un tímido gemido. Me mira con deseo.
- No puedo más.
(Yo tampoco voy a contar más, soy un caballero)
