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viernes, 1 de mayo de 2015

Fruta prohibida

Me he quedado dormido. Abro los ojos y no veo ni rastro de mi amante sirena. Sobre la almohada ha dejado una nota:
"Lo he pasado muy bien. Espero que hayas disfrutado tanto como yo. Han sido los 60 minutos más intensos de mi vida, te lo aseguro. Ningún otro hombre me había tocado jamás como tú lo has hecho, con la delicadeza, seguridad y sabiduría propia de un demiurgo.

¡Creo que voy a ganar la apuesta! Sabía que jugaba con ventaja al ser la primera, y dudo que puedas mantener el nivel..., con las otras tres. Claro que eso quedará entre tú y yo. No voy a ponérselo fácil a mis competidoras, así es que me he tomado la libertad de coger prestado algo que necesitarás para llegar a tu siguiente cita. Besos muy cariñosos. M.A."
¡Han firmado una apuesta, y yo soy el caballo que van a montar sucesivamente cuatro ardientes amazonas! Bueno, una ya lo ha hecho, y por cierto, bastante bien. No me gusta que me traten como si fuera un objeto, pero tampoco soy hombre que rechace una aventura como esta.
Miro el reloj, tengo tiempo más que suficiente para llegar a la siguiente prueba. Me ducho con tranquilidad antes de emprender rumbo hacia lo desconocido.
Salgo de la suite y me dirijo al aparcamiento del Hotel ¡Joder! ¡El Mini no está! Ahora caigo en la nota: "me he tomado la libertad de coger prestado algo que necesitarás para llegar a tu siguiente cita". Esto no va a ser fácil, hay 25 kilómetros desde Fataga hasta el Roque Nublo, ¡y solo tengo 45 minutos! Toca hacer dedo.
Empiezo a caminar por la GC 60 esperando que algún guiri me pare. A estas horas hay poco tráfico. Oigo una camioneta acercarse y pruebo suerte. Es una Toyota destartalada cargada de fruta. Se para a un lado y el viejito que la conduce me pregunta alongándose por la ventanilla:
- ¿Va pa´Tejea?
- Solo hasta el Roque, le respondo.
- ¡Suba!, me quea e´paso.
Juá es un maúro jubilado que cultiva una pequeña huerta de árboles frutales en los Caserones de Fataga. Se saca unas perrillas vendiéndolas a los turistas. Me llama la atención ese cigarro extinguido pegado a su boca  desde hace siglos. Cuando habla se mueve como si fuera una prolongación natural de su jocico.
Por fin llegamos a la Degollada de la Goleta. Juá me regala gentilmente unas frutas. Les voy a dar el mejor uso que pueda.
Aún me queda un buen trecho hasta el impresionante monolito símbolo indiscutible de Gran Canaria. Camino, ganando altura, entre retamas, pinos, tabaibas, margaritas, cerrajas y salvias; abajo a mi izquierda se divisa el caserío de Ayacata, lugar de donde parten los principales barrancos de la isla.
El tiempo está despejado, y desde la plataforma volcánica previa a la base del Roque, se ven las tres grandes presas de Gran Canaria: Chira, Soria y Cueva de Las Niñas.
A pesar de la caminata, estoy bastante entero y preparado para lo que me espera.
Una figura de mujer me hace señas con la mano. Es ella. La sigo a la distancia. Da un pequeño giro por la derecha del Roque. La zona es pedregosa y resbaladiza; siento vértigo, pero no es por la altura. De repente, María desaparece tras una gran roca. Me aproximo con sumo cuidado y la veo sentada mirando hacia el macizo de Sandara, Yesca y Lina. Lleva un top rosa palo y unos short grises a juego. Tiene un pelo precioso recogido en una coleta. Me siento a su lado y le ofrezco una manzana. La acepta y, tras darle un mordisco, me convida a que haga lo mismo. El jugo de la fruta le cae por las comisuras de los labios, y me apresuro a beber de él. Vuelve a morder la fruta prohibida y la fuente labial mana de nuevo. No me sacio, necesito libar más, que su zumo me embriague.
Suavemente descubro sus cántaros de almíbar y sorbo hasta dejarlos firmes como la roca que se eleva a nuestras espaldas. Mi mano desciende peligrosamente buscando el manantial del placer. Y lo halla. Brota como un géiser. Nuestros cuerpos se acercan exprimiéndose el uno contra el otro hasta que solo queda la pulpa. 
El Nublo es testigo.

miércoles, 29 de abril de 2015

El valle de las mil palmeras

Fataga es un pequeño y hermoso pueblo del interior de la isla, situado entre montañas en el llamado Valle de las Mil Palmeras. Está encaramado en un risco que parece a punto de precipitarse hacia el barranco.
Apenas tengo 50 minutos para llegar, introduzco los datos de localización en el GPS del Mini. Es imposible llegar a las 10:00, el navegador  me da un tiempo estimado de una hora y media.
Tengo que intentarlo, quiero conocer a María.
Llego a San Fernando de Maspalomas y cojo la sinuosa GC 60, aún puedo lograrlo a pesar de que me espera una serpenteante y estrecha carretera.
A las 10:15 el navegador me avisa del fin del trayecto. Estoy a las puertas de un hotel rural llamado Molino de Agua. No sé si todavía me estará esperando, su mensaje era tajante: "no tardes".
Me dirijo a lo que parece ser la recepción y pregunto por ella. 
- Sí, se hospeda en la suite-, me dice una amable señorita de acento extranjero.
Sigo las indicaciones que me han dado, la puerta está entreabierta y paso sin esperar invitación. El alojamiento es muy sencillo, parece un alpende restaurado con un estilo rústico. Las paredes están encaladas de blanco y una chimenea de piedra preside la estancia. Sobre la cama perfectamente vestida hay una rosa roja y unas toallas. No hay señales de mi anfitriona. Escucho agua correr en el baño. Me acerco curioso, y veo a una sirena sumergida en la bañera colmada de espuma. No tarda en descubrir mi presencia.
- Hola, has tardado.
- Sí, lo siento, me perdí.
- Acércame una toalla, por favor. Tomo una de la cama y se la ofrezco expectante.
- Date la vuelta, me manda-. Pongo cara de decepción.
Obedezco sumiso. Sale de la bañera y disfruto de la escena reflejada en el espejo. Tiene un cuerpo espectacular.
- ¡Eres muy travieso!, -me dice- espero que hayas traído el cepillo de dientes.
Se lo muestro.
Agarra el cepillo, lo humedece bajo el grifo, pone un poco de pasta y se dispone a cepillarme los dientes y la boca con suma delicadeza.
- Ahora enjuágate.
Me someto a sus órdenes.
Se quita la toalla que cubre su cuerpo mojado y me limpia los labios.
Ahora puedo gozar del espectáculo en directo. Su figura parece un lugar, con senderos, cuevas, valles y riscos donde perderse.
- Bésame. Esta mujer no para de dar órdenes, y yo soy un soldado muy obediente.
Nos besamos apasionadamente, sin dejar un solo rincón de nuestras bocas sin explorar. Nuestras lenguas se buscan y se encuentran una y otra vez.
La tomo en brazos reprimiendo el deseo de tenerla allí mismo, y la llevo a la cama.
Cojo la rosa y acaricio con calma su cuerpo. Tiene cosquillas en los pies. Subo por sus extremidades y noto cómo su cuerpo se tensa. Descanso en su ombligo haciendo círculos cada vez más grandes. Sus pechos se endurecen al contacto con los suaves pétalos, y deja escapar un tímido gemido. Me mira con deseo.
- No puedo más.
(Yo tampoco voy a contar más, soy un caballero)