| Eduardo Monzón fotógrafo |
He preparado este momento a conciencia. Es una fantasía inconfesable que siempre he tenido y quiero que él la protagonice sin saberlo.
La lencería de Intimissimi le va a encantar, lástima que hoy no la voy a estrenar; será el cebo de mi anzuelo. Quiero que antes de verme me haya imaginado mil veces, que me huela sin tenerme cerca, que escuche mi callada llamada, que me toque sin rozar mi piel, que saboree mi cuerpo tan solo viendo el menú que le espera. Quiero que me desee en cada latido de su corazón, y voy a contarlos uno a uno.
Son las 9:25 y aún no ha llegado. Habrá tenido dudas, seguro, pero vendrá. No creo que haya hombre sobre la tierra capaz de rechazar una invitación como esta.
Mi cuerpo, lejos de enfriarse por la desnudez, se enciende a cada minuto que pasa. La voz de Sting cantando Fields Of Gold y el suave aroma a vainilla embriaga mis sentidos.
Escucho pasos, por mi bien espero que sea él. Mi respiración se acelera y mi cuerpo se tensa. Creo que se lo está tomando con pausa, disfrutando del menú antes incluso de probar el primer plato ¿Habrá traído el vino?
Ya está muy cerca, su mano asoma recogiendo el último señuelo. Por fin entra en la habitación, se apoya en el marco de la puerta, cruza los brazos y me mira boquiabierto. Estoy desnuda y esposada al cabecero de la cama. En silencio, observa la escena totalmente admirado. Creo que es la primera vez que le sirven un plato así sin haberlo pedido, y no sabe si utilizar cuchara o tenedor.
- ¿Por dónde vas a empezar?, le ayudo-. Me muestra la botella de Libalis y sonríe.
- No vas a hacerlo, le amenazo-.
- Yo siempre cato el vino antes de beberlo, me responde-.
Desenrosca el tapón y se acerca a la cama dispuesto a completar su fechoría. Estoy indefensa por voluntad propia, ahora él está al mando. Bebe un trago de vino, se aproxima y me besa con pasión, dejando que el liquido se derrame en mi boca. Deseo tocarlo, la sensación de inmovilidad me provoca aún más.
- Quiero que me des tu de beber, me ordena. Me coge con delicadeza y vierte un poco de vino en mi boca, y vuelve a besarme. No puedo resistirlo más, le ruego que me libere de las esposas, las llaves están sobre la mesilla. Niega con la cabeza.
Está disfrutando de lo lindo. Me rocía el ombligo con el vino y bebe de él ¡Voy a estallar! Continúa su particular cata por el resto de mi cuerpo. Me revuelvo de placer. Lo miro, está a punto de caramelo. Le pido con un gesto de súplica que me suelte ¡Yo también quiero comer!
- La comida estaba exquisita, lástima que apenas hayas probado nada, me dice.- Se incorpora y me da un beso casto.
- ¿No me vas a dejar así, verdad?, le pregunto-.
Recoge su chaqueta y la botella vacía de Libalis.
- Ha sido todo un placer comer con usted, gracias por la invitación-. Me lanza un beso y desaparece.
Ya está muy cerca, su mano asoma recogiendo el último señuelo. Por fin entra en la habitación, se apoya en el marco de la puerta, cruza los brazos y me mira boquiabierto. Estoy desnuda y esposada al cabecero de la cama. En silencio, observa la escena totalmente admirado. Creo que es la primera vez que le sirven un plato así sin haberlo pedido, y no sabe si utilizar cuchara o tenedor.
- ¿Por dónde vas a empezar?, le ayudo-. Me muestra la botella de Libalis y sonríe.
- No vas a hacerlo, le amenazo-.
- Yo siempre cato el vino antes de beberlo, me responde-.
Desenrosca el tapón y se acerca a la cama dispuesto a completar su fechoría. Estoy indefensa por voluntad propia, ahora él está al mando. Bebe un trago de vino, se aproxima y me besa con pasión, dejando que el liquido se derrame en mi boca. Deseo tocarlo, la sensación de inmovilidad me provoca aún más.
- Quiero que me des tu de beber, me ordena. Me coge con delicadeza y vierte un poco de vino en mi boca, y vuelve a besarme. No puedo resistirlo más, le ruego que me libere de las esposas, las llaves están sobre la mesilla. Niega con la cabeza.
Está disfrutando de lo lindo. Me rocía el ombligo con el vino y bebe de él ¡Voy a estallar! Continúa su particular cata por el resto de mi cuerpo. Me revuelvo de placer. Lo miro, está a punto de caramelo. Le pido con un gesto de súplica que me suelte ¡Yo también quiero comer!
- La comida estaba exquisita, lástima que apenas hayas probado nada, me dice.- Se incorpora y me da un beso casto.
- ¿No me vas a dejar así, verdad?, le pregunto-.
Recoge su chaqueta y la botella vacía de Libalis.
- Ha sido todo un placer comer con usted, gracias por la invitación-. Me lanza un beso y desaparece.
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