martes, 14 de abril de 2015

Entre el cielo y el suelo

Tras nuestro último encuentro en el VIPs pensé que no volvería a saber de ella. Me equivoqué, al día siguiente salta un mensaje en mi móvil: 
-"Te espero en mi casa en media hora. No faltes, y trae el vino que tu ya sabes. xxx"-. Lo leo otra vez..., y una más... Miro el reloj, son las 9:10 horas. El tío cuerdo y canalla instalado en el hemisferio derecho de mi cerebro me dice: 
-"¡llegas tarde a trabajar!"
El loco adorable que comparte habitación en el hemisferio opuesto me zarandea los sesos: 
-"¡¡¡te quedan 25 minutos!!!".
Salgo de casa sin saber qué dirección tomaré al final. El Mini Cooper está en la reserva, ¡siempre me pasa lo mismo!, y precisamente hoy. No tengo tiempo para poner combustible, tendrá que llegar, vaya a donde vaya. Pruebo suerte con Spotify modo aleatorio, suena Earned It, de The Weeknd. -Bien, la banda sonora de 50 sombras, estupendo para comenzar la semana, me digo poco convencido-. Cojo la circunvalación hacia el sur, salgo en dirección centro ciudad y tomo la bifurcación hacia la rotonda de la depuradora. En ese momento me adelanta por el carril izquierdo un coche negro espectacular que nunca antes había visto, acelero y me acerco, ¡es un Audi R8!, parece un jugador de la Unión Deportiva. Efectivamente, se dirige a las instalaciones del Secadero. ¡No puede ser!, esto es una señal, ¡el mismo coche que conducía Cristian Grey! Entro en la rotonda y en vez de desviarme hacia Vegueta, sigo por la carretera de la Universidad a toda velocidad.
Las 9:40 horas, toco el timbre de su casa. Nadie responde ¡La puerta está abierta! Entro decidido sin esperar invitación verbal. Oigo música de ambiente, clásica, creo que es el Dúo de las flores, de la ópera Lakmé (Léo Delibes). Tiemblo. Sigo el rastro de la música, que me lleva por el salón y la cocina hasta llegar a la escalera que sube al piso superior. Un intenso aroma a vainilla se abre paso por mis orificios nasales. Me quedo parado contemplando la sucesión de peldaños iluminados por una procesión de velas. Subo despacio imaginándome lo que me encontraré al final de aquella ascensión. -"¡El infierno!", me grita mi hombrecillo cuerdo-canalla. -"¡El cielo!", inquiere el loco adorable. En el último peldaño recojo un sujetador color burdeos con encaje semitransparente y detalles en satén. Mi respiración se acelera. Prosigo mi camino y veo que la pieza a juego descansa sobre el tirador de una puerta al fondo del pasillo. Mi corazón está a punto de desbocarse y tengo que parar antes de recolectar aquellas braguitas brasileñas. Huelen a vainilla. Tomo aire y pido a Dios que al menos sea el purgatorio lo que me encuentre al otro lado.


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