lunes, 13 de abril de 2015

El amor no se gasta

Cuando comencé mi reto, sabía que este momento iba a llegar, igual que sé que tendré que contar otros.
El predictor se pintó de rosa. Acudimos a su consulta para confirmar lo que ya sabíamos. El septuagenario ginecólogo que la examinó nos mostró a través del ecógrafo un pequeño embrión; aquel germen de vida se agarraba al útero como una lapa. Cuando nació, jamás creí poder amar a nadie como a ella. La miré y le hablé a través del cristal de la incubadora, aún guardo en mi retina las pompitas que salían cuando movía su boca y la presión de su pequeña mano agarrando mi dedo. Fue un momento muy íntimo que un padre primerizo no aprecia hasta mucho tiempo después. Ninguno de los dos pudimos contener la emoción; al llegar a casa, nos abrazamos y lloramos (de felicidad).
Me equivocaba al pensar que el amor se gastaba, y que una hija era suficiente. Cuatro años después, nació la pequeña, y el amor se multiplicó. 
- El amor no se gasta-, me decía arrugando el ceño.
- Sí que se gasta, no tengo tanto para repartir entre las tres-, insistía yo poco convencido.
El caso es que, ahora que son dos, guardo amor de sobra para una más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario