Aquél 14 de febrero le preparé algo muy especial. Había encargado 20 rosas blancas en una floristería cercana a su trabajo, tenían que entregárselas a las 11 en punto, junto con una nota que decía: ¡Felicidades! Mira en el maletero de tu coche. A las 11:20 me llama, está emocionada, le tiembla la voz y le cuesta articular las palabras. La noche antes, dejé en su coche una caja de bombones junto con una nota escrita en papel cebolla, cuidadosamente doblada dentro de un sobre color salmón. En la nota recordaba la primera vez que le regalé flores, otro 14 de febrero del siglo pasado, también con una nota manuscrita en el mismo papel.
Sentí que aquellas lágrimas eran el preámbulo de una despedida.
Cada sábado, puntual como un reloj, salía de su casa, fusta en mano, enfundada en sus pantalones de montar, sus botas altas, una camisa blanca y el casco bajo el brazo. No sé si me enamoró su pelo trenzado, su esbelta figura, su paso firme o su aire resuelto. El caso es que yo, cada sábado, acudía a mi cita furtiva, y observaba desde la distancia. El espectáculo apenas duraba cinco segundos.
Cuando días después detuvo su coche junto a la parada de guagua, y me invitó a subir, no lo dudé. Ella iba para el sur y yo para el norte, me dio igual.
A veces pienso qué es lo que habría sido de nuestras vidas si aquel día, en vez de esperar que pasara la 21, hubiera cogido la 11.
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