Han pasado tres días desde que la dejé esposada a la cama y me extraña este silencio. La llamo. No coge el teléfono. Le mando un WhatsApp y espero una respuesta que no se produce. Lo intento de nuevo, esta vez con un emoticono pidiendo perdón. Nada. Está muy enfadada.
Llamo a Interflora, unas rosas y una tarjeta de arrepentimiento siempre funcionan.
Dos días después, sigo sin recibir noticias de ella. Empiezo a dudar, y a tener inseguridades. A lo mejor mi comportamiento del otro día fue prepotente y excesivo.
Se me ocurre una idea desesperada.
Le mando un WhatsApp con una foto de unas esposas y una invitación.
- Te espero en mi casa a las 20:30. Te voy a dar la oportunidad de vengarte. Trae vino, ya sabes cuál. xxx ; ).
Las 20:30, y no llega ¿Habré perdido otra batalla? Los fantasmas del pasado se amontonan en mi cabeza y utilizo fuerza mental para intentar dispersarlos. El optimismo regresa a mi cara justo en el momento que suena el timbre. Estoy esposado a la cama. He dejado la puerta abierta con una nota que dice: "ENTRA".
El sonido de sus tacones acariciando la madera despierta mis instintos. Espero que se haya puesto los de salón. Camina despacio y a cada paso que da escucho que deja caer algo al suelo ¡Es su ropa!
Cuando por fin aparece en el umbral de la puerta de mi dormitorio creo estar soñando. Me lanza una sonrisa maliciosa. Solo lleva puesta ropa interior, la misma que días atrás utilizó de señuelo, los zapatos rojos altos y la botella de Libalis. Está imponente y nada más verla mi cuerpo desnudo reacciona de manera visible. Ella se da cuenta y hace un gesto negativo con su mano. Abre el cajón de la cómoda y saca dos corbatas de seda. Luego coge uno de mis pies y lo anuda con fuerza a la cama, hace lo mismo con el otro. Yo me dejo hacer, es su venganza. Ahora me tiene a su merced,
- ¿Las llaves?.
Con la mirada le indico la mesilla de noche a mi izquierda.
Se acerca, las coge y las guarda en el sujetador. Creo que va en serio. Entra en el baño y sale con una toalla que coloca en el suelo. Se quita los zapatos.
- ¿Qué vas a hacer?
- Ya lo verás, ten paciencia.
Mi cuerpo sigue en tensión y ni siquiera me ha tocado. Coge la botella de Libalis, la abre y espero lo inevitable. Llena uno de sus zapatos con el vino y bebe de el, luego me lo da a probar, evitando el contacto.
- ¿Te gusta? Asiento.
- Esto te va a gustar más.
Se coloca sobre o toalla y..., ¡no!, rocía todo su cuerpo con el vino, hasta la ultima gota. Protesto.
Luego comienza a juguetear con la botella vacía, pasándola por las partes más sensibles de su anatomía semidesnuda. Gime de placer una y otra vez, y yo estoy a punto de estallar. Vuelvo la cara para no verla, pero no puedo evitar escucharla.
Cuando termina, aproxima la botella a mi boca.
- Lo siento cariño, no ha quedado nada para ti.
Sale de la habitación para recoger su ropa y vestirse. Veo que marca un número desde su teléfono. Es el mío, suena revelando su escondite bajo la almohada. Lo coge y escribe algo, se oye sonido de enviado.
- Le he mandado un mensaje a tu ex, no creo que tarde en venir a socorrerte. Dejaré la puerta abierta.
- ¡No!
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