lunes, 27 de abril de 2015

Harinicienta

Hoy es domingo, me levanto con una jaqueca terrible. Anoche me pasé con las cervezas. Tras el concurrido acto de presentación del partido, saludos y cumplidos de rigor, necesito una dosis completa de realidad. Salgo furtivo entre la multitud que espera ansiosa una foto con los candidatos. Bajo por la calle San Juan hasta la esquina con Gourié esperando que su panadería esté aún abierta. Demasiado tarde. Entro en un bar cercano dispuesto a beberme toda la realidad que mi cuerpo sea capaz de tolerar. Me siento en la barra,  pido una pilsen a la camarera que está de espaldas. Se vuelve hacia mi, y cuando nuestras miradas se juntan, dos sonrisas vuelan y se besan justo a veinte centímetros de distancia.
- ¡Qué grata sorpresa! No esperaba encontrarte aquí.
- Estoy sustituyendo a una amiga-, me dice mientras me sirve la birra.
- Además de panadera eres... - Camarera-, afirma cortándome la frase.
Nunca antes la había visto sin su delantal, fuera de la protección de su castillo construido de pan, dulces y chocolate. No puedo dejar de mirarla, y a ella le sucede lo mismo. Parece como si un Ada Madrina la hubiera transformado en una princesa de cuento. Lleva un vestido volante rosado con la espalda abierta, el pelo recogido le cae por el lado izquierdo ocultando el generoso escote. Un suave pañuelo con encajes anuda su cuello. Mi princesa lleva tacones, pero no son de cristal ¿Se transformará en panadera cuando den las doce? Pienso quedarme hasta esa hora para comprobarlo.
Atiende a otros clientes y no puedo reprimir el deseo infantil y egoísta de tenerla solo para mi. Necesito que me preste atención exclusiva. Le pido otra cerveza, me la sirve, y atrapo su mano en la botella. No hace nada por salir de la fría prisión de cristal verde.
- ¿A qué hora terminas?
- A las doce.
Sus ojos brillan como la luna cuando se refleja en el mar apacible. Los veinte centímetros se reducen peligrosamente y nuestras bocas amagan un beso...
- A las doce entonces, le susurro al oído.
Decido terminar la noche en el Arabesca. El bar de Abrahán me trae recuerdos de un día que quiero olvidar, el último que nos amamos antes de perdernos para siempre. Es como un purgatorio que me impongo cada vez que salgo.
Suenan las doce en el reloj de la Iglesia de San Juan, apuro el último trago de la enésima cerveza y regreso en busca de mi princesa.
Entro en el bar y ya no está. Pregunto al camarero por su compañera, se encoge de hombros, no la conoce. Nadie ha visto a una mujer con un vestido rosa en toda la noche.
Parece como si de repente todo hubiera sido un hechizo. Camino pensativo de regreso a casa, y saludo como siempre al impávido Domingo Rivero ¡Eh! Alguien ha querido abrigar su bronceado cuello con un pañuelo, y es de encaje ¡Es el suyo! 
Las doce del mediodía. Salgo como cada domingo a comprar el pan, como un peregrino camina hacia su santuario.
- ¡Buenos días Cenicienta!
- ¡Buenos días caballero!, me responde con una sonrisa enharinada.
Tras el mostrador de la tienda parece una princesa protegida por un ejército de panes, panecillos, chuscos, barras, baguetinas, bollos, cañas, caracolas, cookies y croissant.
Le muestro el pañuelo de encaje. Se ríe.
- ¿Eres tú mi harinicienta?
-  ¡Prueba!
Se acerca para que le ponga su pañuelo, huele a mantequilla y a canela, a limaduras de naranja y a chocolate negro. Lo anudo despacio a su delicado cuello, saboreando cada segundo.
- ¿No vas a besarme?  
Un instante después nuestras bocas se buscan y se ligan como el agua y la harina, con tanta pasión y ternura, que no hay hechizo que rompa el momento.

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